Las dos caras de la moneda.
Por fin hubo algo que me anclara a este país. Al menos los próximos seis meses el sr. Presidente me tendrá trabajando bajo los estrictos ojos de sus malhumorados, groseros y odiosos militares; y un magnífico equipo de Museografía en Palacio Nacional. La propuesta me convenció y me quedo.
Ante la desesperanza de la población mexicana opacada por magníficas construcciones, el Centro Histórico me cobija a diario entre su gente, sones callejeros y rayos dorados.
Una maraña de sentimientos habita mi corazón entre ellos la tristeza y alegria, ambas juntas y al mismo tiempo. Los olores nauseabundos, los hombres feos, las indias pidiendo limosna, el señor sin miembros frente a la Catedral, los encuestadores, el bolero, la mujer quemada sin brazos que vende flores, los danzantes, el organillero de Moneda, los policias federales, los ambulantes en el Metro…
eso me causa pena, porque desearía que México estuviera mejor, poder subirme al camión sin preocuparme si volveré a casa a salvo y con mis pertenencias completas, sin taparme la nariz cuando paso por un callejón, sin ser acosada por vendedores rogones, por salir en las noches y dormir un poco más en las mañanas para no coger tráfico. Eso sueño. Y mi corazón se quiebra porque no es, lo veo lejos.
Sin embargo esa gente se para igual o más temprano que yo para llevarme a tiempo a mi destino, pretender que cuidan las calles, pedir dinero, sentarse frente a la Catedral, llevar a sus niños al Cole, y abrir a tiempo sus changarros… es gente que a pesar de empujar en el metro y escupir en la calle, salen a ganarse la vida como pueden. Personas trabajadoras que a su modo hacen dinero. Me alegra que esten allí y no robando violentamente y pervirtiendo niños y vendiendo drogas.
Todo depende el lado que mires. Finalmente ambos lados son moneda.